Hablar en pleno 2010 de ética, puede sonar a algo obsoleto. La bondad o maldad de un acto –que es el objetivo de la ética- queda supeditado a lo que cada quién considera bueno o malo.
Hablamos ahora, diciendo que la bondad o maldad de los actos tiene que ver con “lo que yo considero bueno o malo”. O bien, “si hace daño o no a otros”
Por ejemplo:
¿A quién le hace daño que use la computadora de la empresa para cosas personales?
¿Qué daño puedo hacer si altero la cuenta de gastos solamente un poco?
¿A quién le perjudica una mentirita para justificarme de mis errores?
¿Qué perjuicio puedo hacer llevándome una base de clientes para mi negocio?
¿Qué puede pasar si digo medias verdades o miento en una solicitud de empleo?
¿Qué puede pasar si tomo “prestado” cualquier bien de la empresa, si lo pienso devolver?
¿Quién sale perdiendo si “invierto” tiempo socializando un poco?
¿Qué es lo que puede pasar si cuento los defectos de otra persona?
¿Quién se puede disgustar si regaño en público a alguien, o si castigo a ese colaborador que me hizo daño?
¿Si uso la telefonía de la empresa para llamadas personales?
¿Si hago que mienta un colaborador para cubrirme?
Y así podrían ir surgiendo, cantidad de cosas que hacemos y que ya no les damos importancia porque nuestra conciencia se va haciendo cada vez más laxa, esto es, acostumbrándose a justificar todo.
La honestidad, que es algo muy personal parecería que ha perdido valor. Sin embargo, si fuéramos dueños de la empresa, todas estas cosas cobrarían muchísima importancia. No se es honesto, pero se exige que los demás lo sean con nosotros.
Hemos olvidado lo que se llamaba la “Regla de Oro”: Compórtate con los demás, como te gustaría que se comportaran contigo. Me comentaba un amigo “su” regla de oro: “Cuando te tienes que esconder para hacer algo, es pudor, o falta de ética”. ¡No falla!
Es impresionante el número de comentarios que recibimos en nuestros seminarios, sobre la ausencia de líderes en la actualidad, y es lógica esa ausencia de liderazgo, porque se requiere creer en el líder y difícilmente se puede tener confianza en alguien deshonesto.
Al decir deshonesto, no nos referimos exclusivamente a aquellos que roban descaradamente, sino a esas personas con conciencia laxa, que con actos pequeños de deshonestidad van minando la empresa en la que trabajan. ¡A esos son a los que hay que tenerles miedo!
Estamos terminando de pasar, en las empresas, por una temporada crítica. Quien más, quién menos, comienza a vislumbrar horizontes más claros. Algunos todavía se encuentran en el recuento de los daños.
Los momentos críticos, tienen la característica de que enfocan, que permiten darnos cuenta de lo superfluo y lo necesario; nos mantienen “templados” como guerreros en pié de lucha. Con los cinco sentidos puestos en la supervivencia.
El problema es cuando llega la calma.
La calma, si nos descuidamos, nos traerá nuestros antiguos hábitos, la modorra nuevamente, el desenfoque, el “bajar las armas”.
Hay que reconocer que vivir en crisis, es cansado, estresante, en ocasiones dolorosos. Sin embargo hay que aprender y habituarse a todas esas cosas que nos permitieron sobrevivir.
En días pasados, se tuvo la oportunidad de conversar con una persona que tiene mucho que ver con las empresas locales, y nos decía que, actualmente, había una apatía un tanto generalizada en las empresas en lo concerniente a actividades relacionadas con la formación y desarrollo de su personal. Que había planteado iniciativas y que la respuesta era mínima. Que había demasiada calma…
Le comentamos que a lo mejor, las empresas estaban recontando daños.
Nos comentó de una empresa que en sus juntas semanales con los directivos, le dedican quince minutos a responder la siguiente pregunta ¿Qué aprendimos de la crisis? Y que lo hacen con periodicidad, para que sus ejecutivos no bajen los brazos.
“Una de las cosas que hemos aprendido –comentaba el director - es que el sobrevivir en crisis, se debe a todas esas personas que forman la empresa y que con su lealtad, esfuerzo y celo, permiten que levantemos la cabeza ahora. Creo que hemos aprendido, si es que a alguno le quedaba la duda, es que es el personal lo realmente valioso para la empresa”.
Llega la calma, y comienza el peligro de desenfocarse nuevamente, de pelear por lo que no vale la pena, de gastar pólvora en infiernitos, de bajar la guardia, de retroceder en lo andado. Se debe poner cuidado de que las lecciones que nos han dejado la crisis; de agradecer, de alguna manera, a esas personas que estuvieron dando lo mejor de sí para salir adelante.
También es bueno que nos preguntemos, en lo personal, ¿qué hemos aprendido de esta crisis? ¿Qué nuevos hábitos adquirimos en la lucha? ¿Hasta dónde queremos llegar?
Los puntos críticos tienen dos posibles rumbos, la decadencia o la renovación. ¿Cuál escoges?